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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Educación Ciudadana

Al hablar de educación parece que la mayoría se enfoca en las escuelas, universidades y otros lugares de enseñanza, como si se tratara de una exclusividad para niños y jóvenes que aspiran con ser profesionales o una oportunidad para los adultos con interés en aprender a leer y escribir.

         Lo cierto es que el término educación rebasa los límites de las aulas y va más allá; es más amplio, más abarcador, más integral.

El desarrollo no solo depende de los conocimientos teóricos extraídos de las aulas, sino que precisa de otros elementos prácticos e incluyentes y con acciones sustentables dirigidas a la sociedad en su conjunto.

Ahora que hay recursos, después de la conquista del 4 por ciento del PIB para la educación, algo de ese dinero debería destinarse para educar a los ciudadanos en sentido general en cuanto a su conducta social, progreso particular y sana convivencia.

         Es un apotegma o dicho sentencioso que el cambio es ley de vida, pero ese cambio debe empezar de manera individual, en lo personal, pero indudablemente que el Estado debe ayudar a suplir la carencia de educación ciudadana que tiene el país.

         Al igual que el ordenamiento jurídico que regula las relaciones sociales y que se reputa conocido por todos los ciudadanos, también las normas que promueven la ética, la moral y las buenas costumbres, generalmente en la práctica no son más que letras muertas.

         A sabiendas de esa realidad, sería importante poner en marcha un programa de educación ciudadana, con moral y cívica incluidas, en el que se instruya a personas de todas las edades sobre la importancia y el valor de las leyes escritas y no escritas que regulan el comportamiento humano.

         Es común ver a personas improvisando vertederos en zonas urbanas; conductores que estacionan sus vehículos en las aceras, frente a puertas privadas o en doble parqueo; motociclistas y choferes que conducen ebrios y en exceso de velocidad; otros que no respetan los semáforos en rojo; ciudadanos que usan los espacios públicos para improvisar negocios; gente que invade propiedades privadas bajo el alegato de que son del Estado; los que realizan disparos al aire; los que actúan de espaldas a sus deberes y desconocen sus derechos, entre otras insensatas actitudes.

         Así llenaríamos varias páginas de temas relacionados con el proceder errado que exhiben muchos ciudadanos en sus conductas, cualidades que tienen su explicación especialmente en la falta de educación ciudadana, salvo en los casos de aquellos que han hecho del delito su modus vivendi.

         Con una efectiva y gratuita labor de educación, con orientación económica como parte de ese aprendizaje, hasta los que han forjado supervivencia en la ilegalidad podrían cambiar de actitud y asumir un nuevo modelo de vida.

         Precisamente ese sería el objetivo de una mejor educación ciudadana, contribuir a un nuevo modelo de vida basado en valores, en el que impere el respeto a las leyes y demás normas de convivencia social; en el que ser pobre no signifique ser irresponsable o mal educado.

         Es harto sabido que el analfabetismo imperante en cuanto al comportamiento social, basado en actitudes irracionales de gente sin capacidad de discernir, genera miles de problemas cuya solución le cuesta millones de pesos al Estado, y lo peor de todo es el caos y el desorden que altera sensiblemente la convivencia ciudadana.

         Ojalá y alguien con acceso al poder tome en cuenta la educación que le hace falta a muchos que saben leer y escribir, y logre que la revolución educativa de la que se habla en el país, rebase el límite de las aulas y salga a las calles, llegue a los barrios y a toda esa población ávida de conocimiento, orientación y sobre todo de paz y tranquilidad.
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El autor es abogado y periodista

          Márquez, Y. (2015) Educación Ciudadana. Revista NOTICÁMARA-VALVERDE, Julio 2015. Pág. 54.  

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